Gritos hondos como un eco ya han zarpado conmigo... (Inmaculada Hernández Ortega, Algebas)
Cecilia Domínguez Luis

Cuaderno del orate

Cuaderno del orate
Precio: 9.50 €
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SOBRE “CUADERNO DEL ORATE”

Cecilia Domínguez Luis

Pienso que cada libro tiene su momento, y no se escribirá ni antes ni después, y Cuaderno del orate ha tenido que esperar bastante tiempo para manifestarse.

El origen de este libro – no sé si su razón de ser porque su raíz ha estado tan oculta que ni yo misma era consciente de que se estaba fraguando- se remonta a muchos años atrás, un periodo en el que tuve que dar un salto en el vacío, sin saber qué me esperaba al final.

Siempre he escrito desde la memoria, porque creo que el tiempo atempera las emociones, para que podamos volver sobre ellas y escribir, lo que no ocurre si intentamos hacerlos en la inmediatez de lo experimentado o lo vivido.

Sin embargo, la memoria no siempre juega a nuestro favor, y ocurre que un día nos devuelve imágenes que creíamos y deseábamos en el olvido; imágenes a veces terribles, a pesar de la lejanía en el espacio y en el tiempo.

Por fortuna, este último elemento, el tiempo, nos ha ido preparando, haciéndonos algo más fuertes o con más capacidad de resistencia y, tal vez por eso, podemos enfrentarnos una vez más a aquello que un día nos puso a prueba, para conjurarlo con la palabra.

En Cuaderno del orate hay un “yo” que se desdobla en el intento de buscarse a sí mismo y, al mismo tiempo, reconocerse en los otros. Y ese desdoblamiento, que con frecuencia se convierte en una disociación, tan cercana a la locura, se siente como una auténtica condena; de ahí el subtítulo de 4 meses y un día. Un tiempo no elegido al azar (o tal vez sí) en el que ese yo dejó de pertenecerse a sí mismo.

El yo escindido gravita por jardines nocturnos, por espacios imposibles, conversa con estatuas, pone dientes a los pájaros  o se derrumba al contemplar a ese otro que lleva su nombre afilando sus garras frente a un espejo. Y ama, teme,  y siente vértigo- esa mezcla de atracción y rechazo que tampoco evita porque, en su desvarío, pretende llegar a ese lugar donde “todo se vuelve presagio.”

Pero también están “los otros”, y surgen otras voces, tan necesarias para que nada quede que no sea el misterio de existir más allá de los muros, del tallo de los narcisos y de las melífluas canciones. Y las muescas en la pared van dejando constancia de ese tiempo que ha ido poniendo cada cosa en su sitio, o al menos ese es el deseo de este orate que asegura que “Mañana  iremos juntos a encender los cerezos”.

 

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